“¡Relaja los hombros, …
IMPRESIONES DE UNA ALUMNA PRINCIPIANTE ACERCA DE LA PRÁCTICA DEL QIGONG
Por Marianne Meyn
…siente el codo, dobla levemente las rodillas, relaja la espalda baja, abre los canales de energía, o sea, del qi, visualiza tu centro a dos pulgadas del ombligo y siente la energía acumulada, siéntate en el kua…!” ¡Rayos! Cuando me agito a causa de mucho alboroto mental y cierro los ojos, suelo ver destellos y rayos de luz. Si hubiese cerrado los ojos después de mi primera clase de Qigong, lo más probable es que hubiese visto símbolos de yin y yang girar velozmente, expandir y encogerse a la misma vez, y quebrarse para volver a surgir de la nada.
¡Me parecía tener los hombros relajados, tan relajados que ni sentía donde estaban! ¿Cómo que sentir el codo? ¡Si puedo, incluso, pellizcarme allí y no sentir nada, parece ser una pieza del cuerpo anestesiada! ¿Qué es eso de canales de energía o mi centro? Tenía una noción de lo que podía ser, ¿pero sentir energía allí? Relajar la espalda baja, ah, pues, está bien, me sale, ¿pero sentarme en el qué?...
Poco a poco entendía que tenía los hombros tensos por tantos años que asumía la sensación como el estado natural de todo ser humano; “sentir el codo”, no debía entender la expresión literalmente, sino que significaba estar consciente de su movimiento, al igual que en el caso de otras articulaciones; “los canales de energía” podía imaginármelos como conductores inalámbricos por los que fluye la energía; para encontrar a mi centro me podía orientar en la respiración abdominal, y sentarme en el kua quería decir no más que hundir la cadera.

Ahora bien, pasar del entendimiento abstracto a la comprensión e internalización es otro cantar. Como quien dice, “del dicho al hecho es un largo trecho”, pero para mí ha sido un trecho emocionante, lleno de movimientos gentiles a la vez que firmes y energéticos, auto-masajes, descubrimientos sobre mi cuerpo, pequeños logros –como tener los hombros relajados aunque sea por una milésima de segundo- y una progresiva sensación de bienestar físico y anímico que ni el mar (mi secreto cómplice siquiatra) ha podido provocar en mí. Y es progreso, no perfección, lo que persigue la clase de Qigong y Liangong que imparte mi maestro en el Hospital Auxilio Mutuo, en San Juan de Puerto Rico. Con su eterna paciencia, este maestro innato, logra transmitir su amplio conocimiento y su entusiasmo para con el Qigong a un nutrido grupo de personas que buscamos maneras alternativas de cuidado de salud, maneras en lo posible no invasivas e independientes de fármacos. Mi maestro explica con lujo de detalle, repite hasta la saciedad, demuestra los movimientos y provee ayuda para su ejecución, integra paulatinamente ejercicios energéticos nuevos a la vez que los varía, comprende cuando los alumnos confundimos la mano derecha con la izquierda –y espera hasta que nos orientemos-, responde a las necesidades de atención particulares de cada participante, y nos hace sentir que independientemente de lo avanzado de la edad podemos lograr todo lo que nos proponemos, de manera realista, por supuesto, aunque sea con este ingrediente de ilusión que nunca debe faltar.
Cierto es que no soy doctora y la única vez que conocía más o menos los nombres y las funciones de todas las partes oficiales del cuerpo fue durante una clase de traducción médica. Pero siento mi cuerpo –bueno, parece que con excepción de los hombros- y puedo afirmar que después de un año de practicar los llamados ejercicios bioenergéticos, o darme este “masaje en movimiento” –y más recientemente haber integrado prácticas de Taijiquan- ando más liviana por la vida, duermo mejor y más profundo, trabajo con más ánimo (sobre todo después de salir de la clase tengo un humor tan divino que no hay nada ni nadie que me perturbe), me agoto menos aun cuando el trabajo se extienda a altas horas de la noche, mi nivel de ansiedad ha bajado a tal grado que ya no como tantos bizcochitos y galletitas entre las comidas, y últimamente me da la impresión que ha mejorado mi capacidad de memoria –incluso, el otro día me acordé de repente de la fecha de cumpleaños de mi amigo del alma de mi época universitaria y pude sorprenderlo por estas maravillosas vías cibernéticas.

En fin, me siento “con energía” como decimos en español como si supiéramos lo que esto significa. Y dicho sea de paso, o sea, ni tan de paso, hay un detalle acerca del Qigong que ninguna mujer puede despreciar: doblar levemente las rodillas, los abrazos de la olla (Zhan Zhuang) de creciente duración, sentarme en el kua me han ayudado a tonificar mi cuerpo tan duro que el otro día me rasqué distraídamente una picada de mosquito en la pantorrilla y me dije: “¡Espérate!, esa como que no es la mía”.
Todavía no tengo más que una leve noción de lo que es el Qigong y el Taijiquan, pero tal parece que con el relajamiento, la respiración abdominal y el incremento de la capacidad pulmonar, la energía aumente y fluya libremente por el cuerpo. En mi mente ignorante de los datos científicos precisos, me imagino que la respiración acompañada por ciertos movimientos relajados actúa como si fuese un dínamo que genera electricidad, o sea, energía, y con ella se regulan los principales sistemas de mi organismo, como el sistema nervioso central, el sistema inmune, el regenerativo, endocrino, digestivo, el sistema circulatorio, y demás.
El relajamiento, una de las metas principales del Qigong y el Taijiquan o, quizás la meta principal, desbloquea y abre los canales por donde fluye la energía, el qi, y con la práctica del Guanqifa (ejercicio de limpieza y renovación energética con el que iniciamos las clases), la respiración abdominal consciente y coordinada con los ejercicios bio-energéticos de Liangong, la secuencia para Balancear el Corazón (Shuxin Pingxue Gong), y las formas y aplicaciones del Taijiquan, he logrado paulatinamente sentir la energía en parte de mi cuerpo, sobre todo en las manos. Espero aprender también cómo sentirla fluir, controlarla y dirigirla a lugares que estén “enfermos”, o mejor dicho, débiles o bloqueados, y a los lugares del cuerpo que en cierto momento requieran un poder especial como, por ejemplo, en una aplicación marcial –hasta el momento, ¡ni idea! Ni idea, tampoco acerca del aspecto espiritual del Qigong y Taijiquan, pero a esta altura de mi vida no es lo que me preocupa más. Tengo una espiritualidad hecha a la medida de mi identidad cultural híbrida, pero sí mantendré una mente siempre receptiva y dispuesta a cambiar. Por lo demás, sé que sólo se aprende haciendo –ya lo afirmó el viejo Aristóteles- y que, como dice la canción sobre Pedro Navaja: “La vida te da sorpresas, sorpresas te la vida…”
¿Algún día me sorprenderá con los hombros relajados?
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